Oh, bienvenido seas, octubre


Octubre.
Octubre había llegado, como llega siempre,
mojando la acera de lluvia delgada y paciente.
Cargando de sombra las nubes que llevaban prisa,
poniéndole un tono salobre al sabor de la brisa.

Octubre terrible del sesenta y dos,
llegaste derecho a parar el reloj
y no reparaste en que, en esta región,
tutear a la muerte era ya tradición.
Y octubre se marchó por donde mismo entró.

Fueron los tiempos duros para el amor.
Fueron tiempos de estrellas y soledad.
Como un adolescente que
abandona la casa paternal
y descubre que tiene todo el poder
de su verdad.

Fueron los tiempos duros de la amistad,
y aprenderlo bien caro nos costó.
Pero mucho aprendemos aún hoy por hoy
cuando resbala algún antifaz
que deja ver el rostro de la ambición.

Octubre
de nuevo nos muestra su rostro de cuarto menguante.
Pero en esta fecha se siente un calor sofocante.
Se siente que se ha envejecido destruyendo mitos,
cambiando mil nuevos ciclones por nuevos amigos.

Ahorita llegamos al setenta y dos
y cumple diez años aquella lección
que se une a mil nuevas carencias de Dios,
que a veces dan risa y a veces dan tos.

Oh, bienvenido seas, octubre de mi amor.