Opiniones


Los necios más felices

Por: Nyliam Vázquez, revista Cuba Contemporánea.
22 de diciembre del 2014

En las noches en que Silvio Rodríguez agarra su guitarra, y a sus músicos, y se planta en un barrio cualquiera, palpita un sortilegio. A veces la gente es sorprendida por esos seres “invisibles-imprescindibles”, como los llama el trovador, quienes montan luces, micrófonos y todo lo necesario. A veces la voz se filtra, toma los cauces más insospechados, y muchos se enteran y se juntan frente a la bandera cubana que siempre preside el escenario donde se escuchan esas canciones que marcan a más de una generación.

En el barrio pasan las horas con el asombro de quienes, ni aun con el poeta delante, creen que haya llegado hasta allí. Escuchan emocionados La gota de rocío, El papalote, Ojalá, y otras melodías, pero sin que les abandone la sensación de “¿estaré soñando?”. Familias enteras se echan a la calle, hay quienes, en dependencia del lugar, se suben a las azoteas, se asoman a los balcones y de allí viven el privilegio; otros recorren varios municipios hasta llegar para juntarse con los amigos.

Este sábado parecía cumplirse el ritual de las 62 veces anteriores en que Silvio se presentaba en los barrios. Había un invitado, el escenario estaba listo, las luces, el audio... Desde las 5:00 pm ya muchos caminaban rumbo a la explanada del Estadio Latinoamericano en el municipio habanero del Cerro. El autor de Óleo de mujer con sombrero convoca a un amplio espectro de público, y lo mismo se ve a los universitarios que a los padres de esos muchachos o sus abuelos. En cualquier caso, nada concreto indicaba que este sería un concierto especialmente distinto, hasta que los reunidos temprano comenzaron a aplaudir y la pantalla gigante mostró que Gerardo Hernández, Ramón Labañino, Antonio Guerrero, Fernando González y René González habían llegado para disfrutar del concierto.

David Torrens fue el preludio. El músico interpretó Tú, El bufón y el trágico, Sentimientos ajenos y Razones y fue la primera ocasión, por ejemplo, en que vimos a Antonio Guerrero bailando, a Elizabeth acariciando a Ramón, a Gerardo sosteniendo la mano de Adriana sin soltarla un segundo.

Desde el 17 de diciembre, cuando los tres regresaron a Cuba luego de 16 años de encierro en Estados Unidos, Cuba entera vive una emoción difícil de ilustrar, aunque se nota en el ánimo, en las expresiones, en los diálogos de las personas, hasta en el aire.

A lo largo de la batalla por traer a estos hombres de regreso, sus familias habían participado en incontables eventos culturales. En todos los casos, presumiblemente los sacaron de las celdas a fuerza de pensarlos o de desear que la siguiente actividad fuera junto a ellos. Verlos reunidos y radiantes fue la confirmación de que eso que las familias cubanas imaginaban sería la felicidad de los Cinco ya es una realidad de apenas unos días.

Silvio arrancó con Balada de Elpidio Valdés y cada pieza, con distintas intensidades, desató emociones telúricas.

Uno de los momentos más entrañables del concierto –y hubo muchos- fue cuando Silvio anunció El dulce abismo, esa canción tan de las esposas de esos hombres y especialmente de Gerardo y Adriana. En cada ocasión anterior siempre Silvio les dedicó a todos ese tema, escucharlo con ellos allí resultó hermoso: Adriana no pudo contener las lágrimas, a su esposo se le escapó alguna, Elizabeth estrechó a Ramón, Olga descansó un instante la cabeza en el hombro de René, Tony sostuvo la mano de su madre y Fernando seguramente disfrutó aun más de sensación de verdadera libertad.

Por primera vez desde que llegaron a Cuba, la gente era partícipe de esos gestos de amor presagiados y todo ocurría con el embrujo de esas piezas de Silvio, esas canciones hechas suyas por la generación que parió a los Cinco.

Los rostros de esos hombres -lo mismo los de René y Fernando, quienes habían regresado con anterioridad, que los de los recién llegados Gerardo, Ramón y Antonio- lucían radiantes. Tarareaban, besaban a sus hijos, Gerardo acariciaba la panza de Adriana y quizás todos de mil maneras silenciosas estallaban en un ¡al fin! que quizás los reafirmaba en la realidad (en el caso de Gerardo, con dos cadenas perpetuas más 15 años a sus espaldas, imposible hasta solo hace unos días): estaban en un concierto de Silvio Rodríguez, en Cuba, en La Habana, al lado del Estadio Latinoamericano.

Cuando Silvio cantó El mayor, Tony fue a parar entre Ramón y René, se sumaron Fernando y Gerardo, y los Cinco juntos cantaron a todo lo que les daba el pecho, mientras el trovador desde el escenario parecía seguirlos a ellos. Más adelante, ya junto al trovador y con la bandera cubana a sus espaldas, todos cantaron El Necio, un himno de resistencia para cada uno.

Antes de la interpretación Gerardo contó que precisamente esa canción les levantó el ánimo en los momentos más duros del arresto en septiembre de 1998 y en las más difíciles circunstancias de la prisión. Juntos elevaron el verso: Yo no sé lo que es el destino / caminando fui lo que fui / Allá Dios, que será divino: / yo me muero como viví.

Después cantaron La era está pariendo un corazón y Pequeña serenata diurna. La segunda interpretación trajo una certeza: los que estábamos allí, cada uno con sus motivaciones, hemos sido más felices después del 17 de diciembre, el día que regresaron los tres que faltaban y Raúl Castro anunció, como lo hizo Barack Obama, el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

Silvio dijo que había sido inolvidable, Gerardo agradeció tantas expresiones de cariño y dijo que el reflejo más claro de lo que estaba viviendo él lo resumía con una imagen: “uno no puede asomarse a una ventana que no aparezca un molote”. Esa sensación de estar rodeado de cariño tiene conmovidos a Gerardo, a Ramón y Tony, como antes a René y Fernando.

Aunque antes de iniciarse el concierto de Silvio en el Cerro, nadie habría podido vaticinar lo que ocurrió después, lo cierto es que la intensidad de esas horas se sumó a los momentos entrañables de finales de 2014. Esta vez los “invisibles-imprescindibles”, además de los instrumentos, micrófonos y luces habrían podido recoger toneladas de emoción gravitando hasta mucho después del silencio.

Todos los que lo vivieron habrán vuelto a casa con un recuerdo memorable acompañado por el verso más querido y la música que lo hace único. Quizás muchos se habrán quedado con el sortilegio, pero sobre todo, con los rostros felices de cinco cubanos, “los necios más felices”, de regreso en casa.