Opiniones


No hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas

Por: Guille Vilar, para Cubarte
28 de diciembre del 2015

Quizás entre los pensamientos más conocidos del Apóstol José Martí por el pueblo cubano, esté aquel expresado en su ensayo Nuestra América donde hace alusión al significado trascendental de jerarquizar el aprendizaje de lo nuestro por encima del re-conocimiento de pasajes de otras culturas. Y en tal sentido, la noche del pasado 21 de diciembre, la Sala Teatro del Museo Nacional de Bellas Artes fue el centro de un memorable acontecimiento cultural por la diversidad de aristas a tener en cuenta y en especial por una oportuna reflexión a partir de la prédica martiana. Cuando Silvio Rodríguez escoge este escenario para la presentación de su nuevo disco Amoríos (Ojalá Producciones, 2015), nos entrega un concepto creativo de singular relevancia que al acompañarlo de una actuación en vivo, con instrumentos acústicos para reproducir las canciones tal y como aparecen en el fonograma, convoca, en un concierto, a la inusual reunión de numerosas personalidades relacionadas con su vida y obra a lo largo de los años. De entre el público que llenaba esta pequeña sala, decenas de amigos suyos se hicieron presentes, como es el caso de Vicente Feliú, cómplice de la lejana época de su origen trovadoresco, mientras que Leo Bouwer y Frank Fernández han desempeñado el gesto del magisterio ante semejante Aprendiz, del mismo modo que Amaury Pérez, José María Vitier, Ernán López Nussa, Eduardo Ramos y Augusto Enríquez despliegan un acogedor espacio de emotividad para que otros colegas, también imprescindibles, como Lázaro García, Augusto Blanca, Carlos Varela, Polito Ibáñez y Kelvis Ochoa, puedan relajar tensiones ante tanta satisfacción compartida de esa noche, en especial con la presencia de Tony, Ramón, Fernando y René, nombres de figuras paradigmáticas de la Cuba de hoy en día. (2)

Todos sabíamos que éramos testigos de un momento excepcional, no solo por la magnífica calidad del evento musical en sí mismo, sino porque una vez más se ha reiterado el hecho de que, históricamente, cada vez que Silvio anuncia una presentación suya por motivaciones especiales como esta, la respuesta de sus seguidores se muestra sencillamente compacta, y evidencia la más profunda lealtad a los fundamentos estéticos del trovador de Hamelin por parte de un publico, que sin discusión alguna, colmaría un sinfín de salas similares a la de Bellas Artes con tal de re-vivir el privilegio de encontrarse con Silvio. Pero, a la vez, nos movíamos indistintamente en la dimensión del tiempo, pues la característica común de las canciones escuchadas en esta oportunidad, es que fueron compuestas en el período que va de 1967 a 1980, y responden al más franco estilo del código de creación del trovador, las que al tratarse de obras no aparecidas en discos anteriores, nos dan la impresión de que son como nuevas, aunque marcadas por el rastro de una huella inconfundible. En más de una ocasión viajamos hasta aquel joven Silvio de finales de los años 60, pero sin poder abandonar el regocijo del impactante presente que estábamos disfrutando. Y no puede ser de otro modo porque para la grabación del CD Amoríos, le acompaña algo así como un Comando de Élite de la Música Cubana, donde cada cual asume la tarea asignada desde el mayor virtuosismo.

No creo poder olvidar el asombro ante el descubrimiento de la belleza que me asaltó quien sabe dónde y cuándo exactamente, al escuchar por primera vez Una canción de amor esta noche, en aquel entonces nada más que armado de su imprescindible guitarra. Si en aquel momento, tenía la intuición de que estábamos ante una significativa obra como parte de su repertorio, ahora Silvio la ha colocado en el sitial que le corresponde a un clásico del género, revestida por timbres amables como son el refinado piano de Jorgito Aragón y el exquisito sonido del vibráfono a cargo de Emilio Vega, apoyados por la convincente ejecución del contrabajista Jorge Reyes y la amplitud de recursos expresivos de un batería como Oliver Valdés para, entre todos, hacerla reverdecer hasta los confines insospechados del buen arte.

Precisamente, el acogedor recibimiento que nos transfiere este tema como pieza que abre el disco en cuestión, se conjuga con el signo de elegancia que define al resto de las canciones en su conjunto, atmósfera que se advierte desde el inmaculado blanco de la portada con la sugerente obra del prestigioso artista de la plástica José Luis Fariñas.

Proyectos discográficos como Amoríos están llamados a convertirse en pronósticos certeros que avalen la vigencia del equilibrio entre el buen gusto, el de una auténtica cubanía, y el respeto al espectáculo artístico como un momento reflexivo de profunda espiritualidad. Ahí están títulos como Qué distracción, donde el clarinete bajo de Niurka González contribuye con la sobriedad del tema, mientras que en Día de agua, un vibrante tres de Maykel Elizarde, la entrañable voz de Anabel López en los coros y un Silvio inspirado, convierten a esta rumba en una de las piezas de mayor garra del disco. Un fugaz toque de distinción es alcanzado por el violín de Tammy López, quien une su voz a la del trovador en Se cuenta de ti. Sin embargo, ocupa sobremanera nuestra atención que Silvio se haya decidido a revelar la familia de canciones que comparten la historia de amor plasmada en el popular tema de Óleo de mujer con sombrero. Esta tetralogía nombrada Exposición de mujer con sombrero, aparece fragmentada ordenadamente por las piezas Dibujo de mujer con sombrero, el conocido Óleo de mujer con sombrero, Detalle de mujer con sombrero y, finalmente, Mujer sin sombrero, complejo de innovadoras piezas que, según el propio autor (3), fueron compuestas en menos de una semana en 1970. Finalmente, si importante es escoger la pieza que abre el disco, como pasa con Una canción de amor esta noche, a Silvio siempre lo ha distinguido el hecho de acertar en la difícil decisión de seleccionar la mejor propuesta para el cierre de sus fonogramas. Y en el caso de Amoríos, no lo ha sido menos.

Cuando escuchamos la carga de lirismo contenida en Qué poco es conocerte, pieza donde aparece acompañado por la Orquesta Sinfónica del ISA, dirigida por el Maestro José Antonio Méndez Padrón, resulta inevitable preguntarnos cuándo aquellos unicornios y colibríes, dueños de sus canciones, nos permitirán conocer de otros tesoros escondidos que, como esta joya de la década del 60, constituyeron una absoluta incógnita hasta la aparición del CD Amoríos.

Antes de comenzar su concierto, Silvio lo dedicó al pueblo de Cuba por su capacidad para amar y desamar, como los que estábamos allí reunidos. Declaración de amor que no por esperada de quien tanto ha entregado durante años, no es ajena para generaciones de cubanas y cubanos que creemos imprescindible semejante presencia en nuestras vidas cotidianas, como algo más allá de la relevancia de un artista consagrado. Es la esencia del cantor, cuya poética hemos asumido como medular para enfrentar la dureza de tiempos difíciles, pero indudablemente hermosos.

Numerosas son las personalidades del arte que en el mundo son merecedoras de la mayor admiración, pero también en nuestra pequeña y querida Isla no son pocas las que nos llenan del orgullo de saber que son cubanos, como sucede con Silvio Rodríguez, un icono de la música contemporánea universal.

 

Notas

(1) “La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.” Martí, José: Nuestra América, p. 34. Fundación Biblioteca Ayacucho, 2005. República Bolivariana de Venezuela.

(2) Antonio Guerrero, Ramón Labañino, Fernando González, René González y Gerardo Hernández, antiterroristas cubanos conocidos como Los Cinco Héroes que estuvieron presos en cárceles norteamericanas durante 16 años por velar las acciones criminales de la contrarrevolución dirigidas desde territorio estadounidense contra nuestro país.

(3) Rodríguez, Silvio: Cancionero. Ediciones Ojala, 2008, p. 617.