Opiniones


Óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú

Por: Eduardo Yentzen y Alvaro Godoy
1984

Publicado en una edición especial de la revista La Bicicleta, Chile.

Convengamos en que la poesía tiene sus misterios, y más si la canta un cubano con el más puro acento caribeño.

En todo caso, aquí van estos textos explicativos de algunas canciones de Silvio. Fueron preparados por Eduardo Yentzen y Alvaro Godoy, y hurgan precisamente ahí.

La idea es despejarse. A buen entendedor, pocas palabras no siempre se le hacen muchas. ¿Se entiende?

Esta canción

Silvio, en algunas de sus canciones, narra poéticamente sus ideas y visiones de mundo, y en otras expresa, o más aún, confiesa, sus estados emocionales interiores. Esta canción corresponde al último tipo, y trasluce una actitud de mucha sinceridad.

¿Quién de nosotros ha llegado a sentir que miente, que siempre ha mentido? ¿Y quién ha llegado a aceptarlo, a asumirlo? Creo que esto requiere una forma de valor muchísimo más escasa que el valor que requiere la violencia exterior, Silvio se da cuenta de que miente cuando constata que ha escrito (hablado, opinado) mucho, “sin descubrirme, sin dar conmigo”. Esta es una profunda definición de la mentira que no viene del ocultamiento intencional de algo que uno sabe –eso sería muy sencillo. Mentir, para Silvio, es haber hablado tanto sin conocerse a sí mismo. Es haber hablado tanto de todo, sin saber de lo primero que necesitamos saber: ¿Quiénes somos? Esto hace que Silvio sienta que sin conocerse previamente asimismo, todo lo hablado sobre todas las cosas aparece como inútil.

Este descubrimiento que hace Silvio proviene, según vemos más adelante en la canción, de una desilusión. La desilusión es un detonante de la sinceridad y la verdad, porque la ilusión es el engaño, la fantasía. La gente en general valora la ilusión, pero en el fondo se da cuenta de que vive así un nivel de irrealidad que está ocultando el contacto con una realidad más dolorosa.

¿Qué hay de malo en la ilusión, se dirá, si esto permite sentirse un poco menos infeliz? Esto sólo vale, creo yo, cuando nos hemos resignado a no obtener nada mejor de la realidad. Sólo entonces el buen pasar en nuestras fantasías podría aceptarse como un mal menor.

Silvio, al descubrir que ha mentido siempre (en todo) reconoce algo en sí mismo, “quizá la última verdad que queda en mi interior”. Es una verdad que toma para él la forma de la ausencia de algo, una negación. Descubre que no puede “amar en seco con tanto dolor”. Entiendo esto como el descubrimiento de la incapacidad de amar cuando este amor no está adornado de mil pequeñas ilusiones, expectativas, imágenes y supuestos no explícitos que envuelven la emoción amorosa, llenándola de sustitutos. Porque cuando este decorado del amor se triza, descubrimos que lo que llamábamos amor era en verdad el decorado, y que en verdad no amamos en seco.

Silvio parece no resignarse totalmente a vivenciar esta constatación y trata de explicársela: “no sé si fue que malgasté mi fe en amores sin porvenir, que no me queda ya ni un grano de sentir”. Pero la fuerza de su confesión es tan rotunda que este intento explicativo o justificativo no alcanza a tener peso en la canción.
Veamos, finalmente, lo que considero el intento más generoso y abierto de Silvio en esta canción. Él está contando sus grandes tristezas (“me he dado cuenta de que miento”, “no amar en seco con tanto dolor”). Yo sé, nos dice, que a nadie le interesan las tristezas de otra gente. Pero él no se propone mostrarnos sus tristezas, esta canción –dice— no es “un pretexto para sufrir”. Es más que una canción –enfatiza—, es una necesidad de “agarrarme a la tierra al fin”, es decir, de asumir su realidad, de ver con mirada sincera que no es capaz de amar en seco y que siempre ha mentido.

Esa es su verdad, y nos la ofrece para que “te veas en mí” (todos nos mentimos), para que “me vea en ti” (para que lo que tú ves de mí sea mi verdad, y no la imagen que yo te he vendido. Así me veo verdaderamente en ti, que eres mi espejo).

Cuando nos sinceramos y decimos: esto somos, ésta es mi verdad; cuando dejamos de vender imágenes, asumimos el gran riesgo de que aquellos que alababan nuestra imagen no ven igualmente nuestro ser real. La verdad abre las diferencias: “Yo sé que hay gente que me quiere; yo sé que hay gente que no me quiere”. E.Y.

Lo que quisiste ser

Aquí Silvio nos va entregando de a poco las claves para descifrar sus preguntas iniciales. Descubrimos que ellas surgen de un encuentro que le impacta enormemente y que sólo se narra en la última estrofa. Podemos suponer que Silvio se encuentra casualmente con una expareja y la ve convertida en una “visión de un pavo real”, símbolo de la ostentación y la vanidad. ¿Qué pasó, en qué te has convertido?), se pregunta. Esto no es lo que tú quisiste ser.

¿Qué necesita un ser humano para no apartarse de sí?, reflexiona Silvio ante esta mujer con quien (recuerda la segunda estrofa) querían construir una relación amorosa y un mundo auténtico allí donde no había nada: “veo un dibujo del amor saltando un cielo sin color, buscando un mundo por rasguear” y luego, “río de mar hecho a creyón, por quien aprende a dibujar”. “¿A qué distancia está mi mano de la gente que conocí?”, se pregunta en segundos, es decir, ¿qué distancia me separa de esta mujer que “en función de relucir deja la magia humana (la de la relación entre ellos) y va a interpretar otro papel, fingiendo…”?

“¿Qué le ha faltado a la verdad? Es su pregunta más quemante; ¿qué le ha faltado a la verdad de su relación, a la verdad de esa mujer, “para quererla disfrazar”?

Son todas preguntas dolorosas, resultado de la desesperación que produce en Silvio el encuentro con esta mujer pavo real.

Pero no puede negarse que su antiguo amor efectivamente sufrió esa transformación. “Ha olvidado hasta que fueron una historia de amaneceres” y las preguntas lo seguirán quemando (“¿Por qué un bufón llenó el lugar donde hubo sitio para amar?”, pero a él sólo le resta la “humilde resignación”, sólo le queda aceptar “que se ha arruinado la canción”, y luego la constatación más amarga —porque esta mujer que lo desilusiona bien podría haber sido la excepción— al decir Silvio “todo ha vuelto a ser normal”.

No es inhabitual la idea de que la mayoría de la gente vive un mundo de falsedad y vanidad; sin embargo es poco frecuente que esta realidad desespere y haga surgir preguntas sinceras y quemantes sobre la autenticidad de los hombres. Ese es el valor de Silvio. E.Y.

Acerca de los padres

Es una letra explícita. Al niño lo forman para macho: pelea y no dibujes, sé activo y no soñador. Y sobre todo, trágate tus sentimientos, la mujer tiene exigencia exclusiva de fidelidad. Luego Silvio habla de las consecuencias que tiene la educación de los padres en los niños de ambos sexos, produciendo “remendados en la frente y el amor”, esto es, personas en quienes se deterioró la expresión sana del pensamiento (la frente) y el amor, y necesitan ser “remendados”. Y con estos niños deteriorados en su sana expresión del amor los que desbordarán después los archivos de sicopatías y prejuicios.

El coro es para mí lo más interesante de la canción, al enjuiciar a los padres desde dos puntos de vista. La utilización que hacen de los hijos, al considerar que por haberlos traído al mundo tienen derecho a exigirles algún pago (“para cobrárselo mañana”; y luego la denuncia mayor a toda esta educación impuesta y esquemática: “quieren fabricar cerebros”. Es decir, pretenden hacer de sus hijos personas que cumplan bien sus papeles en la vida, y lo que en verdad están haciendo sin saberlo, agrego yo, no sé cómo lo considera Silvio —es estar “sembrando muertos”. Esta última acusación significa que transforman a las personas en actores de roles falsos, impuestos, en vez de dejarlos expresarse espontáneamente, de acuerdo a su sentir y a sus vivencias reales, como corresponde a verdaderos seres vivos. E.Y.

Sueño con serpientes

Estas serpientes de Silvio se parecen mucho a un monstruo de la mitología griega, la Hidra de Lerna, ser de varias cabezas al que, cuando le cortaban una, le nacían dos. Hércules, semidiós dotado de extraordinaria fuerza física, solucionó el problema de raíz no sólo cortaba, sino que cauterizaba la herida con fuego para impedir que de aquel cuello mutilado surgiesen nuevas cabezas.

Las serpientes de Silvio son más peligrosas que su antepasada pues son seres de los sueños, viven parapetadas en la inconciencia. Al igual que la Hidra, renacen de la muerte. Hércules entendió que por mucho que se luche contra algo, si no se ataca la raíz el esfuerzo será inútil.

Para Silvio, en cambio, no parece haber una raíz última que solucione los problemas de una vez y para siempre. La canción presenta un sin fin de serpientes que siempre vuelven a nacer. Cuando la canción termina, aparece una nueva serpiente que creíamos muerta. Algo parecido sucede en Fábula de los tres hermanos, que recuerda el típico cuento infantil donde siempre el menor da con la madre del cordero y triunfa. En la canción el menor también fracasa en su intento y no hay una receta que nos entregue la verdad envuelta en papel de regalo. Solo una pregunta: dime lo que piensas tú.

Las serpientes de Silvio pueden interpretarse a gusto; podrían ser símbolos del sistema dominante, capaz de reabsorber incluso a los gérmenes de su destrucción. Podrían ser también los fantasmas interiores que nos engañan haciéndonos creer que ya no somos egoístas, violentos, celosos o irresponsables. Y cuando menos lo esperábamos, están ahí de nuevo, como siempre, imperturbables. En ambos casos los medios de lucha que Silvio propone son los mismos; conciencia, bondad y verdad. Conciencia para mirar quiénes somos realmente, para estar alerta y no engañarse con un falso cambio; bondad para aceptar lo que realmente es; y verdad que nace de penetrar en el centro de nuestro miedo, en el estómago de nuestro enemigo interno o externo.

Pero –nos advierte Silvio— la serpiente nos traga, somos tragados por ella, la vencimos pero ella vuelve a vencernos. Los paraísos internos y externos que pretenden haber solucionado para siempre sus conflictos falsos. Debemos, dice citando Brecht, luchar toda la vida. Las serpientes se alimentan de lo que pueden arrebatarle al amor, de lo que el amor descuidó por creerlo conquistados para siempre. Las serpientes se alimentan de las víctimas de las verdades absolutas, de los sistemas soberbios, las falsas imágenes de nosotros mismos, de la vanidad, del fanatismo… imprescindible luchar toda la vida olvidarse de los paraísos eternos. Las serpientes acechan en el mar de nuestro inconsciente personal y colectivo. A.G.H.

Yo digo que las estrellas

Es la noche la que nos permite saber de la existencia de las estrellas: la luz luce sobre su opuesto. La visión del universo nos llega de noche –el espacio es en verdad oscuro— como si la noche hiciera hablar al cosmos, así como los versos traen la noche y las estrellas a nuestro mundo de significación y lenguaje.
Cualquier cosa, menos materialista, es la visión del universo y del conocimiento que refleja Silvio en esta canción. Atribuye a la conciencia la facultad de dar vida. “…cual son culpables los versos de que haya noche y estrellas”, y no el simple rol pasivo de reflejar el mundo objetivo como afirma el materialismo filosófico.

Silvio compara la noche, caja oscura, espacio vacío que contiene a la materia –las estrellas— con la conciencia que contiene el lenguaje, el que a su vez crea el mundo para nosotros, lo hace mundo consciente. En realidad, no dice que la noche crea las estrellas sino que las hace estrellas, las hace luz. Es lo que hace el lenguaje con el mundo objetivo: le da vida y sentido.

La conciencia del hombre no es conciencia para él, no es sólo una herramienta de servicio personal, es la naturaleza que se hace consciente de sí misma a través del hombre. Crecer significa acercarse a tal condición, y cuando el hombre se aleja de esto se olvida de sí mismo, se cree lo que no es y vive en un mundo de imágenes halagadoras que le exigen toda su energía para poder mantenerlas. Pero por más que se quiera “no hay quien crezca más allá de lo que vale”. Los zancos ayudan a aparentar la altura que no tenemos: posición, dinero, prestigio, poder. Pero terminamos siendo esclavos de nuestros falsos soportes, pues cuando “se tiene escudo luego se quieren guantes”, cuando nos ocultamos una vez luego necesitamos otro disfraz para ocultar la mentira del primero. Zancos, escudos, guantes son la armadura que crece sobre nosotros como los armamentos y fronteras sobre los países. Defensas siempre crecientes para defender lo que en realidad no nos pertenece; nuestras armaduras, nuestros disfraces, los tristes reemplazantes del amor. Las fortalezas no dejan entrar temores, pero tampoco entrar ni salir sentimientos; el disfraz se hace coraza, prisión estrecha, nos asfixia y anula. Debajo de una sotana siempre está el hombre, por eso no hay mejor talante, no hay forma más clara de estar parado en este mundo que desnudos.

Llegamos desnudos y nos van vistiendo de ropas pesadas e inútiles que se nos van pegando a la piel, tanto que llegamos a creer que nuestras ropas somos nosotros; despojarnos de ellas sería como atentar contra nuestra vida. “No hay más canto que el que sale de la selva”, nos advierte Silvio. La búsqueda de sí siempre será dolorosa y confusa, porque significa penetrar en terrenos oscuros y peligrosos, en una maraña de emociones sin saber el camino de salida. En la selva nos toparemos con monstruos horribles, pares de nosotros mismos que nunca quisimos ver. Después vendrá la tundra desolada, fría y penumbrosa donde ya no hay ilusiones ni magia, cuando la verdad resulta áspera y de poca gracia comparada con nuestros antiguos sueños. Hay que cruzarla a pie, “pues para un viaje me basta con mis piernas, viejo sin equipaje”, no hay atajos ni refugios: “más de una mano en lo oscuro te conforta, y más de un paso siento marchar conmigo, pero si no tuviera no importa, sé que hay muertos que alumbran los caminos”. Al final, “la penumbra se hace arco iris del canto”, después de la tormenta, la claridad, la belleza, después de un rabo de nube, de un barredor de tristeza, llega la esperanza.

El arco iris es el hijo parido de la confusión y el dolor, el fruto verdadero del árbol más alto, de aquel que recorrió su selva y su tundra y salió victorioso. El arco iris de Silvio es el canto, un canto-arte que refleje e implique un proceso de crecimiento personal que nos hable de tierras ignotas y viajes oscuros, que tenga raíces en las entrañas de su creador; que no sermonee, que no haga discurso, que no piense en voz alta y se autohalague. Un canto que hable de “cosas imposibles, porque de lo posible se sabe demasiado”, que sea descubrimiento y hable de lo que sabe, de lo vivido y no de teorías, especulaciones o ideales no practicados. Un canto, en fin, que salga de la selva. A.G.H.

Testamento

Además de un testamento, esta canción es un manifiesto, una poética, una especie de índice temático de su obra poética musical y, por ende, una suerte de autorretrato. Allí está la amplia gama de resonancias humanas que Silvio vierte en sus canciones y que han hecho de él algo más que un cantor comprometido o un simple reflejo de la revolución cubana.

Silvio escribe esta canción poco antes de partir a Angola a cantarles a los soldados cubanos que allí combatían. La posibilidad –casi añorada por él— de que un proyectil lo espere en una selva lo lleva, seguramente a volcar en una canción todas las que le andan rondando, todos los proyectos de canción que una bala podría abortar. Usa para ello la alegoría de un testamento, pero de un testamento que no reparte lo que se tiene, sino lo que nos falta. La deuda entonces es para con la vida, nuestra vida, por no poder darle todo lo necesario para que ella fuese donde pudo ser. Silvio entiende este testamento como la confesión de sus impotencias más dolorosas y la oportunidad de morir en el reconocimiento de lo no sido y también de su esperanza.

En este sentido, más que una antesala de la muerte es un acta de nacimiento de muchas criaturas de la imaginación que en la canción se frenan mutuamente en su alboroto y desmedido entusiasmo por nacer al unísono. Silvio usa esta fórmula antológica, esta especie de canción de canciones, como una solución a la ansiedad creativa que la cercanía de la muerte produce en él.

Esta, la añoranza de la sonrisa, la espontánea y fluida que salta como un manantial, esa sonrisa que vamos perdiendo con los años y que, sin embargo, sigue para Silvio dentro de nosotros, agazapada… La risa, estallido emocional, es aquí un animal que ante el peligro se esconde, se paraliza, se hace nadie. La risa nos viene de yapa con la infancia (“el niño es muy niño, su risa está intacta aún”…) y la vamos perdiendo con los años, rescatarla se hace urgente porque su transparencia es frágil y cada día que pasa se enturbia y hunde más.

A cambio de ella, esta mentira, pequeña, frágil, casi salva; la mentira que parece inofensiva, peligrosa justamente por lo desapercibida que pasa, la mentira pequeña de todos los días que nos disfraza imperceptible pero ferozmente. Con ella, dice Silvio, no queda otra cosa que ser despiadados, porque está muy cerca de lo verdadero sin serlo. Está también esa mentira involuntaria, impotente de “lo que supe y no pudo ser más que silencio”. Es la mentira del miedo a ver lo que en alguna parte sabemos que es. Es la mentira más grave contra nosotros mismos, la mentira de la promesa imposible que termina siendo una mordaza para el verdadero amor.

Está la rabia contra los “todo tiene su momento”, los mutiladores de cuánta ala, los que creen que lo que se desea con fervor en el momento puede esperar hasta mañana, para más rato, cuando sea su horario. El amor para la noche, la sonrisa para las fiestas, el llanto para la soledad, el grito para la casa, la vida para después del trabajo, la felicidad para después de la muerte.

Le debe –a propósito– una canción a la muerte, una canción-bomba que la haga estallar cuando en su apetito voraz quiera también tragarla. Le debe una canción a la fuerza opuesta de la muerte, a la mujer, al sueño, a la esperanza, a lo imposible que en su paradoja nos sostiene aferrados a esta vida. Le debe una canción como una vela extendida que oponga resistencia a la fuerza que proyecta la mujer con su ilusión, porque así, solo así puede zarpar el barco hacia lo indescriptible, hacia lo nuevo, hacia el misterio, hacia lo imposible, hacia el amor. A.G.H.