Combustible


La nave, invisible, estaba posada en un bosque, cerca de una ciudad. Tenía una sala de mandos circular de iridiscencia nívea. Su techo eran las estrellas.

Flotando bajo la visión de la galaxia, dos figuras conversaban a través del silencio. Sus rostros eran casi humanos. Las cuencas, situadas donde los hombres llevan ojos, guardaban otros instrumentos de percepción. Sus labios eran grietas en el semblante de cera. Sus cráneos lisos apenas emergían de las gruesas capuchas.

“¿Crees que resultará?”, ―pensó uno.

“Debemos hacer que resulte. Es nuestra única posibilidad”, --pensó dos.

“Es triste no poder siquiera identificarnos...”

“Sería imprudencia. Antes deberán llegar mucho más lejos, si se salvan. Ni tú ni yo veremos esos tiempos.”

“¿Crees que sospechará? ¿No es todo esto demasiado... extraño, aún para una persona poco común, como él?”

“Otro de nuestros riesgos. Debes ir tarde, en la noche, y dejarte ver poco. Tomando en cuenta como se comportan los poderosos de este mundo, debes actuar como ellos: sé altivo, ofrécele oro, aprémialo... aunque procura ser también delicado. Recuerda que estás ante lo que ellos llaman un talento, un hombre de espiritualidad… aunque para nosotros sea sencillamente un hacedor. De ese encuentro dependemos. Ya sabes que nuestro cerebro no se equivoca: de todos los humanos, sólo él puede hacerlo.”

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La sombra de dos metros se abría paso entre los desperdicios de la ciudad dormida. De la puerta de una taberna, antecedido por sonidos de golpes y por gritos, salió disparado un hombre que aterrizó a sus pies. El caído ni suspiró. Adentro, celebrando la hazaña, se acrecentaron alaridos. El embozado rodeó el cuerpo y apretó el paso, internándose en una callejuela más oscura. Estaba seguro de encontrarse cerca y hacía esfuerzos por localizar el sitio que llevaba fijado. Una rata emergió del arroyo albañal que surcaba la calle y se arrastró pesadamente, hasta que el puntapié de una bota femenina la estrelló contra un barril. Eran dos mujeres que venían abrazadas, cantando y dando tumbos, botella en mano. La que había lanzado la patada había levantado un mechero, a tiempo con el golpe, iluminando fugazmente la escena. Fue cuando vio avanzar, opacando las penumbras más infinitas de la calle, aquella visión imponente, de rostro incierto y demacrada luminosidad...

--¡La muerte! ¡Han soltado a la bestia! ¡Avemaría Purísima! --masculló ante el rostro cadavérico que se les encimaba, y echó a correr profiriendo incoherencias. La otra mujer se fue reduciendo hasta caer hincada de rodillas, temblorosa, balbuceando perdón por sus pecados. La sombra, perpleja ante la contingencia, apartó a la mujer con ademán gentil y se lanzó con prisa hacia el zaguán que lo esperaba final de la calle. Cuando llegó ante la puerta, su diestra cadavérica empuñó el aldabón y lo dejó caer tres pesadas veces sobre el perno pulido.

Tras breve espera, una diáfana voz anunciaba acudir. Cuando la bien aceitada puerta se retrajo, apareció la figura de un hombre todavía joven, inexplicablemente encanecido. Apartando el mechón de plata que le bailaba ante los ojos y tras hacer una reverencia exagerada, dijo con simpática mueca: “Oh, mi querido señor, usted es la presencia que faltaba para animar como es debido esta aburrida fiesta. Deje que mis amigos le conozcan. Pero pase, pase y dígame qué se le ofrece en este absurdo mundo de mortales...” En una mano portaba un candelabro con dos velas completamente consumidas. El tercer tocón irradiaba una luz agonizante.

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“Ha aceptado, pero ha pedido más dinero. Bebe y fiestea mucho, tiene deudas sin fin”, ―pensó uno.

“Más oro... Tendremos que fabricarlo. No podemos seguir saliendo por las noches y creando leyendas”, ―pensó dos.

“No hallará diferencias entre nuestro polvo de oro y sus monedas acuñadas. Eso no será problema.”

“El problema es nuestro: estamos limitados en la fabricación del oro. Con la energía que nos queda no es probable que consigamos mucho”.

“Ciertamente. Pero el asunto es que termine a tiempo. La fecha se nos viene encima; si nos alcanza, no quedará nada por hacer; habrá que despedirse de todo: jamás saldremos de este sistema. Tenemos que estimularle para que se apresure.”

“¿Inspiración..?”, ―sugirió dos.

“Creo que debemos enfocarle el estimulador, quizá un par de veces, aunque temo que su salud no lo resista. Mis sensores le detectaron algunos padecimientos. Cada aplicación del estimulador puede aumentar sus energías, pero también sus males.”

“Calculemos bien, para provocar un daño mínimo...—pensó dos―, aunque daño será de todas formas… En cualquier caso lo que está en juego es superior a la suerte de un hombre, sea quien sea. Debemos llegar a nuestro destino e informar la catástrofe que amenaza a esta especie. Es la única forma de actuar a tiempo y evitarla. Nos lo impone el deber. No tenemos tiempo, ni derecho, a titubeos.”

“Sin elección... sin elección”, ―se decía uno como un eco cuando se fundió al cerebro de la nave. Dos le siguió.

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La salud del hombre empeoraba a diario. Su esposa, sus amigos, sus amantes lo notaron. Se le veía cada vez con más fatiga, más demacrado, más febril. Y sin embargo trabajaba como un poseído.

–¿Por qué te maltratas así? Descansa un poco, vayámonos al campo.

–Nada de descanso: debo terminar este encargo. Así tendré reposo.

Pregunta y respuesta que se sucedían a diario, hasta la ira. Sólo consiguió sosiego cuando mandó a la esposa lejos, con su madre.

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“Si no despegamos esta madrugada, estamos perdidos. Mañana a esta hora no llegaríamos ni a la luna, aunque contáramos con toda la energía del planeta.”

“Iré a verlo. Ha prometido la entrega para hoy. Lo cierto es que a pesar de nuestros cálculos el estimulador le está matando. Si aún no ha terminado, sacrificarlo habrá servido para nada.”

Uno partió hacia el agonizante.

Y, pese a todo, aquella fue la noche del ascenso.

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Al fin tenían el combustible, el único capaz de regresarlos al otro extremo del Universo. El cerebro de la nave había deglutido la intrincada armonía del moribundo, había repartido la orquestación en los sistemas correspondientes y, mientras la máquina se lanzaba al espacio, dejaba como estela el sonido grandioso de la obra.

En la sala circular, uno y dos no sólo clavaban sus sentidos en las estrellas que se acercaban: sus sensores, de alguna forma estremecidos, también acompañaban al modesto ataúd que daba tumbos en una carreta solitaria, millones de millas atrás, en la ciudad de Viena.

Wolfgang Amadeus Mozart era bajado a tierra, pero su Réquiem, energía vital de la nave cósmica, ascendía salvador al infinito.

 

Publicado en el blog Segunda Cita el 21 de septiembre de 2013.