El mundo real




Desde que tengo uso de razón sé que el mundo es un escenario irreal, puesto ahí para que me lo crea. Delante de mí siempre hay un corre-corre de preparativos para tener dispuestos los lugares que se me ocurra visitar. Si voy a casa de mi abuela Isabel, que queda cerca de la mía, siento el alboroto que se forma a lo largo de su calle, mientras me voy acercando a la esquina, de forma que cuando llego y doblo mi vista se posa en el panorama habitual: Panchita contando papas rellenas; el Guácara saltando a su yegua esquelética; Cuca tendiendo sábanas a través de una rendija del portón y, un poco más allá, aparentemente al azar, personas entrando y saliendo de las casas misteriosamente, quién sabe con qué fin. Total, lo que se ve en cualquier calle de cualquier pueblo de cualquier lugar del mundo.

Por entre ellos voy caminando con una sonrisita hasta la casa de mi abuela, o a cualquier otro sitio, sabiendo que todo es una ficción que me ponen delante. Por eso me fijo poco en los vecinos y en sus cosas, porque me aburre que se la pasen en la bobería de aparentar constantemente, como si uno fuera zonzo. Creen que no me doy cuenta de las miraditas que se echan y del cuchicheo que se traen; creen que uno no sabe que el mundo es otra cosa que no me dejan ver, pero que algún día descubriré, y que ya no me pasará como ahora, que para tener un pedacito de Mundo Real tengo que irme al río, solo o con el perro que me encuentre, a ver las cosas como son y no como me las pintan.

Los animales y el monte son los únicos que no disimulan. Son como son. El río es hondo y lleno de biajacas, y está encajado entre dos lomas que van culebreando durante kilómetros, llenas de pelo verde. La cabellera de la loma es el monte, y yo soy un piojo curioso que no va por los trillos, sino por donde está la maraña en que se arrastra el jubo, donde las lagartijas son gordísimas. Yo voy a donde hay pájaros que no se ven, pero se escuchan. Hay uno que dice tirecaratití y otro que dice cocorióco. Por allí mismo hay jicoteas montadas en los gajos que rozan la corriente. Si pasa un bote, ellas se zambullen; pero si vengo yo despacio, se quedan y me miran. A veces hasta sacan un tramo largo de pescuezo y me hacen señitas, como si me estuvieran saludando. A mí no me gusta molestarlas y ellas a mí tampoco.

Luego me voy al ojo de agua, donde hay una laja blanca y redonda, sumergida una cuarta bajo la superficie, en la que me siento y me deslizo hasta el chorro que viene desde el fondo. El manantial es potentísimo; desde la orilla se ve, y parece que hubiera un tropelaje de peces, pero uno se para en la laja, casi arriba del borbotón, lo mira y no hay más que un tembleque de aguas transparentes. La primera vez daba miedo meterse, porque estaba aprendiendo a nadar y allí tapa a dos hombres, pero me agarré del bordecito de la piedra y me fui escurriendo hasta que sentí que la fuerza del chorro me aguantaba. Qué cómico, no había que saber nadar: uno se acostaba y era como si en aquel punto el río perdiera su maña de tragagente. Hasta aquel día yo no supe que el río tuviera un ojo y mucho menos de cristal aguado.

A veces allí, flotando como una cruz que mira al cielo, soy la pupila del ojo de agua; y allá arriba, en la última lejanía de las alturas, veo cruzar auras tiñosas, perforando las nubes. Esos pájaros lucen muy bien a esa distancia, pero de cerca tienen una cocorotina de marañón que da repugnancia. Dicen que son útiles, porque se comen la carroña, pero a nadie le gustan, por ser de mal agüero. Aún así nada vuela mejor que una tiñosa, como si el aire fuera de ellas. Suben y bajan todo el tiempo y pasan horas sin mover un ala, las bailarinas del vacío. Por eso me dan ganas de ser aura, para volar bien alto aunque la gente luego me repudie.

Las nubes son otra historia, aunque tampoco ponen al personal de acuerdo. Periquín ve un barco donde el Chentu un conejo, y allí mismo es donde Mingo ve una mujer escarranchada. Yo, tratando de ver lo que ellos, veo una jaiba en una bandera de piratas. El problema de las nubes es de dónde vienen y hacia dónde van, qué han visto y cuántas realidades saborean. Porque esas aguas que han subido y bajado tantas veces, deben ser las mismas de toda la vida. Quién dice que la nube que se descarga sobre el río de mi pueblo no se llenó en el Amazonas, y que las goticas que el sol me chupa del ombligo no van a caer sobre una pirámide, en Egipto. Yo creo que las nubes enseñan tantas formas porque les gusta contar las extrañezas que conocen, pero por más que uno las mire nunca sabrá tanto como ellas. Solamente se puede imaginar. Flotando abandonado sobre el ojo de agua uno se puede pasar horas, y de mirar a los celajes puede quedarse ciego, y llegar a su casa chocando con las cosas y contestando todo, menos lo que la gente grande te pregunta. Empacharse de cielo en el ojo de agua es peligroso para la paz de la familia.

Ahora me estoy poniendo los zapatos. Ya miré debajo de la cama y no había ninguna mano, así que puse los pies en el suelo y dale con los cordones, que no se ponen de acuerdo. Cuando bajo la cabeza me duele la frente, por el cocotazo que me dieron anoche. Había una procesión de curas y de monjas. Venían en fila por las dos aceras. A los curas les tocó la acera de mi casa y algunos venían con antorchas. Primera vez que veía una procesión de antorchas. Claro, todo preparado como siempre, y a mí, que ya se sabe que no me creo nada, me dio por decir: “Miren, aquellas son las monjas y éstos son los mojones”. Ahí fue el cocotazo. No sé a santo de qué, si en mi casa no rezan. La única que cree en algo es mi otra abuela, María, que a veces ve a la hija que se le murió antes que yo naciera. Mi abuela María cree en Los Seres, que es como ella nombra a los difuntos. Ella y un tío mío panadero, cantador y comunista, son los únicos que ven a los seres. “Para eso hace falta media unidad”, repiten ellos. Mi abuela dice que yo tengo “media unidad” y que cuando menos lo espere veré algo. Por eso miro debajo de la cama, porque me parece que una mano o algo asqueroso se me va a prender de un pie cuando lo baje. Pero la verdad es que nunca he visto nada, aunque sé muchas cosas. Sobre todo eso de prepararme los lugares para que piense que el Mundo Real es éste, cuando yo sé que es otro.

Cuando tengo que irme a la escuela, lo más desagradable del Mundo Obligatorio, o cuando ya es tarde y no me dejan salir solo, uso mi otra manera de ir al Mundo Real. No tengo ni que cerrar los ojos: sólo me quedo quieto y me voy, lo visito pensando. A veces es más entretenido que ir a pie, porque me atrevo a hacer cosas que cuando estoy allí me dan escalofríos. Por ejemplo, cruzar nadando la curva de El Paso del Soldado. Eso sólo lo hacen los grandes. Es una distancia tremenda y dicen que allí el río tapa una palma real. Yo sé que algún día lo voy a hacer en carne y hueso, pero mientras tanto practico con la cabeza. El único problema que tiene la cabeza es que cuando voy braceando, a mitad de camino, me hace ver el fondo del río, donde hay ahogados envueltos en limo, riéndose y llamándome. Otras veces veo el lomo escamoso de una serpiente acuática que me pasa rozando. Una parte de mi cabeza que me dice que el día que atraviese esa curva no voy a ver ahogados ni nada, pero la otra me cuenta porquerías.

Algo parecido al mundo real, pero cercado, son los patios de mis abuelos. El patio de mi abuelo Félix Palomares y de mi abuela María es algo penumbroso, los árboles son altos y entra poco sol. Los gusanos de allí son muchos y tan grandes como los del río. Uno escarba un poquito y enseguida aparecen, tratando de enterrarse, huyendo de la luz. La primera vez que los vi, les tuve asco, pero mis tíos agarraban puñados y los metían en latas para llevarlos a pescar. Entonces metí mano y sentí la cosquilla que hacen sus cuerpecitos en los dedos y la verdad no fue tan malo. Por esa época andaba siempre con los bolsillos llenos, pero tenía que acordarme de botarlos antes de La Hora de Bañarse, porque en cuanto mi madre los veía agarraba la correa. Algo peor pasaba con las ranas, el animal más odiado por madres y tías; ni siquiera soportan las que apenas se ven, las ranas infantiles que parecen pulguitas saltarinas. Las madres odian el Mundo Real; ellas le llaman mugre y les da por dar golpes.

El patio de mi abuela Isabel sirve para tres cosas: para comer granadas, para perseguir al gallo y para ver a Mirita, a través de la cerca de alambre. Lo último es lo mejor, pero casi no pasa; ella no vive en la casa de al lado, la traen de no sé dónde. Las granadas son rojas por dentro y muy jugosas, no tienen sabor fuerte y las prefiero. Se parecen a las granadas de las películas, pero no explotan. Lo sé porque se las tiro al gallo, mientras mi abuela Isabel no se de cuenta, porque aparece la correa. En el Mundo Irreal hay correa para casi todo. Y no sólo correa, también hay chancleta y pescozones, aunque hay que decir que nunca ha habido bofetadas. Toda mi familia está de acuerdo en que abofetear a un niño es una porquería. Yo también.

Los patios sólo son parcelas de Mundo Real; están contaminados por la gente, que los mantiene presos entre cercas, y en ocasiones los usan como decorado de teatro. Cantidad de veces que me han armado “numeritos” en el fondo de las casas. Mujeres hablando en voz alta de novelas pero cuchicheando sobre la peste a bebida de sus maridos. Hombres vociferando sobre la pelota y secreteando sobre carnes de mujeres ajenas. El único grande que se porta en un patio como yo, es mi abuelo Palomares, aunque él no trepa a la guayaba. Pero sabe el nombre de cada pájaro que pasa por allí. A una bijirita le dice Comelimas, porque le picotea esa mata todo el tiempo. Caruso es el sinsonte que mejor canta en todo el pueblo y es vecino del patio de mi abuelo. Digo vecino, y no que vive allí, porque mi abuelo dice que Los Plumíferos Cantores no tienen casa, aunque hacen visitas. Yo los entiendo, porque son habitantes del Mundo Real, el del monte y el río. Y ¿quién puede querer cambiar ese espacio infinito, lleno de habitantes maravillosos, de olores, de sonidos y curiosidades de estreno, por el retablo fastidioso que monta la gente en los traspatios?

Ya terminé de amarrarme los cordones. Hoy vamos a Labana, a donde dicen que nos vamos a mudar, porque mi padre encontró trabajo por allá. Le pregunté a mi tío Angelito –el que habla conmigo– cómo es Labana, y creo que no me va a gustar. Dice que es como el pueblo, pero diez veces más grande. Ya me parece estar viendo a diez Panchitas contando papas rellenas, a diez Guácaras con una yegua flaca cada uno, a diez Cucas tendiendo ropa limpia, y a diez de todo lo demás, incluyendo el “teatro”… La Vida Obligatoria será diez veces más truquera y habrá diez veces más gente corriendo de un lado para otro, cuchicheando: “apúrense que ya viene”, mientras yo me acerco a una esquina y la doblo para ver lo que estaré diez veces más aburrido de mirar.

Pero dicen que el mar es diez veces más grande que el río y que la orilla de enfrente no se ve. No me lo explico, pero, si fuera cierto, el Mundo Real de Labana andará por allí, también multiplicado por diez. ¿Cuántas jicoteas y biajacas podrá haber? ¿Quién sabrá el nombre de todos aquellos pájaros? ¿Cómo serán los gallos y las granadas? ¿Habrá lindas Miritas en los patios de al lado?

No sé, nada comprendo. Como tampoco imagino la cantidad de noticias que cargarán las nubes, qué tamaño podrá tener el ojo de agua de un río semejante, ni con cuántos ahogados y serpientes querrá meterme miedo, cuando no tenga más remedio que visitar el mar con la cabeza.

 

Publicado en el blog Segunda Cita el 19 de septiembre de 2013.