La alfombra


La casa, los muebles, los retratos son viejos. Que cada cual ponga sus propias ventanas y puertas, pero eso sí: cerradas. A lo largo del suelo de un amplio salón, brotando de donde se alzan las paredes, se extiende una alegoría de Dionisos: faunos a la caza de bacantes que derraman zumos de sus cántaros, bodas traviesas y fugaces, floridas herejías. Sobre esta alfombra yacen siete hombres estrujados por un largo viaje. Seis de ellos con fusiles. Sus manos se adhieren a los hierros con naturalidad, como si fueran parte. Se mueven y susurran, incapaces de abandonarse a la fatiga.

La séptima persona, apartada del resto, con esa ínfima sonrisa que a veces queda como olvidada entre los labios, guarda sus sentidos en el sueño. En su rincón se abraza las rodillas, tiemblan sus párpados al envolver sus ojos, respira como un niño. No concede la más mínima señal ni cuando escucha que su ejecución será inmediata.

Hay metal en fricción bajo voces de mando. Pero de pronto dos palabras gravitan el silencio: la alfombra, la que según la antigua norma no debe ser manchada.
Cuando uno menciona que pudieran pasarla por alto, otro despliega un estandarte de palabras, un asta doctrinal, y lo hace caer pesadamente sobre los hombros colectivos, a modo de presagio. Un culatazo levanta una muesca de pared, como último argumento.

¿Qué hacer entonces? Si le disparan encima de la mesa, la sangre chorreará hasta la alfombra. Juntar dos mesas resultaría lo mismo. No alcanzarían los muebles de la sala para frenar el líquido que, irremediable, iría a parar al paño acusador.

“Usemos los cascos”, ronquea una voz: “Después de disparar, atajemos la sangre antes que caiga”.

La sangre desatada puede ser un reguero de sorpresas. Pero la urgencia los enfrenta con la oferta de turno: enfundar al condenado en las gruesas cortinas, colgarlas de la lámpara y fusilarlo allí, para que sus fluidos demoren en manar, caer a la mesa y rodar a los cascos.

Otro, nerviosamente, opina que sólo uno haga fuego y que los guardianes de la alfombra esperen. Pero ¿y si los arroyos se multifurcan y surgen más de seis corrientes? ¿Cómo prever la ruta de la sangre en los caprichos del azar?

No saben si se escuchan a sí mismos, o si son antiguas resonancias que han vuelto a cobrar vida en las viejas paredes. Así descubren que la muerte es demasiada carga para un disparo solitario. Por eso el último en hablar ríe, se ahoga, y entre espasmos propone una masacre, para que la muy puta alfombra se empape hasta lo hondo y nunca más vuelva a servir a un condenado, que ronca como un bendito, maldito él, por ser el único que no tiene nada que decidir.
Entonces el prisionero, sin siquiera moverse, los convida acabar, que ya lo tienen harto: “Despeguen la alfombra y fusílenme en la mitad del cuarto”.

Los seis se miran brevemente y, en silencio, trasladan muebles hacia un extremo de la habitación. Es un trabajo lento, como razón gastada, y no hay otro sonido que el de los propios corazones, aliviados, suponiendo escapar de una encerrona del cansancio, hasta que en media sala logran amontonar lo que ocupaba toda. Entonces con bayonetas y con uñas comienzan a desclavar la alfombra y la van embutiendo en sí misma, con ansiedad creciente, como si aquella etapa los acercara al puerto que abandonaran hace años. El trabajo les hace amanecer remotos ensueños de padres, de hijos, de hermanos y de esposos, y pasa un tiempo encantado que no cuenta, hasta que ya no queda sino consumar lo que mantiene detenido aquel largo segundo de esta historia.
Pero la luz debilitada de la estancia no consigue ocultarles los signos que han ido apareciendo bajo la tela descorrida.

“El suelo está manchado”, dice uno entornando los ojos, y alarga una mano que se congela cuando toca el dibujo y distingue otra alfombra, gemela a la anterior.

Ahora volver al punto de partida, a develar de nuevo y sorprenderse una vez más; a vivir perpetuamente el sobresalto de encontrar la próxima alfombra que aguarda, para volver a esconder, quién sabe en qué rincón de sí mismos, sombras engarrotadas y delirios. Porque con cada urdimbre que aparece aprenden que la sangre es como miel de la tierra y que no brota atropelladamente. La sangre es mesurada, embajadora y culta, representante de una sabiduría. Después de los disparos se abultarán los bordes de la carne y, lenta, suavemente comenzará su éxodo, como marea espesa que envuelve cuando late, arrasándolo todo, como lava pesada en el camino de su vida.

 



Silvio Rodríguez (San Antonio de los Baños, 1946). Trovador


 

Publicado en la revista La Gaceta de Cuba No.5 (septiembre-octubre), 2006.