A solas con una orquesta


Ya una vez dije que había empezado a componer porque quería escuchar canciones que no se habían escrito. Eso es estrictamente cierto. Yo era un recluta en un remoto campamento militar, solo con la noche y sus deseos. Puede que por eso aquellas primeras canciones me parecieran los partos más dolorosos de mi vida. Porque, como apenas había aprendido un par notas, veía que mi saber eran tan pobre que ni remotamente alcanzaba las voces que me cantaban los deseos. Esta insuficiencia me llenaba de pesar y entonces me decía: cuando sepa un poquito más, lo voy a conseguir. Luego pasaba que, cuando aprendía algo nuevo, volvía a repetirme lo mismo... Así fue que sin darme cuenta, pero también queriendo, la necesidad del balance autocrítico se me fue volviendo indispensable luego de cada paso. La escasez, el apremio que produce el vacío es como una forma de adquirir noción de menester.

Cuando salió mi primer disco, hacía ya 8 años que había adoptado el oficio de cantor y al menos 10 que componía. Por entonces en una placa cabían muy pocos surcos, demasiado pocos para la necesidad de mostrar que yo acumulaba. De varios cientos de canciones empecé por reducirme a media docena, que me parecían imprescindibles. Después, en la medida en que las iba grabando y constataba que una forma de expresarme había quedado expuesta, fui sumando canciones que ejemplificaban mis otras cuerdas expresivas. Cuando llegué al número de 11, todavía me faltaba una para tener un muestrario ideal, para cubrir, pensaba yo, el diapasón de emociones que la música que yo hacía era capaz de sugerir. Entonces, una vez más, tuve que hacer la canción que me faltaba.

Mi única certeza era que debía ser para cuerdas, pero no tenía la música y mucho menos las palabras. Entonces, basándome en el siempre noble patrón de la habanera, empecé a estructurar -en mi menor- una atmósfera romántica lo suficientemente extensa como para poder narrar una historia. Primero expuse el tema con un piano, porque tenía la suerte de tener a Emiliano Salvador como amigo, y una vez terminada la grabación me di cuenta de que En el claro de la luna era lo que completaba mi primer disco. Respecto a la letra, desde el inicio había esbozado algunas ideas, pero todas acabaron siendo un picotillo de papelitos. El texto que se conoce lo escribí al lado del micrófono, a la hora de cantar.

Así que por necesidad, por carencia, a finales de 1974 inauguré una nueva forma de hacer mis canciones. Desde entonces he grabado más de una decena de discos y siempre las estructuras de las obras guiaron las orquestaciones, sin excepción. Unas veces concebí los arreglos completamente y las veces que otros músicos orquestaron mis temas, tuve la suerte de contar con sensibilidades hermanas o cuando menos con profesionales muy sagaces y respetuosos de la música original. Creo que los colegas que han colaborado en este sentido conmigo no se han sentido arreglistas, incluso porque así lo han manifestado. Por mi parte, después de En el claro de la luna nunca más se me ocurrió componer un tema expresamente para un disco, y mucho menos en aquella forma: la orquestación primero y las palabras después. Lo de guiarme por la música para escribir las letras si ha sido más o menos un patrón fijo. Ya he dicho que me resulta muy trabajoso componer a partir de un texto y, aunque en alguna ocasión lo haya hecho, no creo que los resultados se sumen a mis canciones mejor equilibradas.

En Expedición la insuficiencia volvió a jugar su papel motivador. Porque Expedición es la necesidad de continuar explorando lo comenzado aún antes de mis primeros discos. Me refiero lo mismo a escribir canciones como a mis primeros pasos orquestales con el GES, línea de trabajo a la que traté de dar continuidad en la poca música incidental que pude hacer posteriormente. Entre ellas, por sus resultados, recuerdo siempre la música que compuse para la teleserie Cabinda, de Jorge Fuentes. Sin embargo todas estas colaboraciones fueron muy aisladas y no pudieron resultar una suma formadora, ni adentrarme, con un pulso sostenido, en las riquezas del oficio de componer para orquesta.

La verdad es que he pasado prácticamente la mitad de mi vida sobre un escenario; eso me ha impedido poner a prueba mis viejos deseos de orquestar porque, entre otras cosas, para llegar a hacerlo bien hay que estudiar y para eso se requiere dedicación. También puede que haya tenido pocas oportunidades de componer solo música por el hábito generalizado de verme como autor de textos, por la costumbre de darle más relieve al aspecto literario de mis canciones. Creo que la rapidez con que transcurre la vida en el escenario facilitó que ni yo mismo me percatara de que algunas de mis inquietudes musicales todavía esperaban por mí. Pudiera resumirlo diciendo que me había aprendido un nuevo par de notas y no me daba cuenta de que ya era hora de usarlas, aunque sólo fuera para el consabido "cuando sepa un poquito más, lo voy a hacer mejor".

En una ocasión dije que luego de 6 años con Afrocuba deseaba quedarme a solas con mi guitarra. Pero después me llegó hora de decir que luego de 5 discos con guitarra, estaba loco por quedarme a solas con una orquesta. Para hacerlo, primero pensé en invocar a Leo Brouwer, porque con él llevaba 30 años hablando de un proyecto así. Sin embargo mi larga amistad con Leo me aconsejó no interrumpirlo. A Leo hay que dejarlo a merced de sus musas, interferir en eso es sacrilegio y preferí seguir esperando. Después de esa estoica conclusión, hice el intento de confiar las orquestaciones a otro gran músico. Recibí una respuesta muy afectuosa, incluso agradecida, pero también es una persona muy ocupada y, luego de esperar algunos meses, caí en cuenta de que me encontraba en una coyuntura muy parecida a la de mis inicios, aquella vez que escribí yo mismo las canciones que tenía deseos de escuchar. Fue entonces que decidí arremangarme la camisa y enfrentar el trabajo, por lo que acabé quedándome a solas con una partitura de orquesta en blanco.

Cuando creí que ya iba a poner manos a la obra tuve que frenarme en varias ocasiones por diferentes tipos de reclamo. Estos eventos me hicieron posponer durante casi un año el inicio de mi aspiración. Por aquellos días, unas veces dormido y otras despierto, sentía como si una caldera fuera subiendo de presión dentro de mí. De pronto algo hacía explosión, pero en vez de oír una fuga de vapor escuchaba un acorde distribuido en una orquesta sinfónica, una armonía estática, sin ritmo, una especie de muestra, y me daba cuenta de que algún dispositivo interior estaba llamando mi atención sobre cierto tipo de sonoridad. Mientras esto me sucedía yo trataba de complacer solicitudes y necesidades e intentaba parecer sereno, sin hacerle ver a nadie que mi único e imperioso deseo era trabajar en mis ideas.

En la madrugada del 7 de mayo del 2000 se me ocurrió un tema que sonaba entre rock sinfónico y épico. Hacía años que la música no lograba levantarme a esas horas. Desde el primer bosquejo supe que lo que estaba haciendo con la guitarra en realidad debía ser formulado por un piano y que debajo de ese piano debía sonar una vigorosa cuerda de violonchelos. Desde las primeras notas empecé a escribir con la ayuda de un viejo programa de música. Por alguna razón aquel tema, que ahora se llama Tiempo de ser fantasma y que concluye el disco, como una Celestina amorosa abrió ventanas al vendaval de temas que llegó después. Cuando creí tener el trabajo terminado se lo mostré a Andrés Alén, quien me aconsejó escribir los segundos violines (que yo había omitido en su totalidad). Siguiendo su consejo transcurrieron otros 60 días. José María Vitier, Ernán López-Nussa, Eduardo Ramos, Amaury Pérez, Enrique Pérez Mesa, Frank Fernández y hasta el mismísimo Leo hicieron audiciones críticas que me fueron muy útiles. Debido a mi pobre formación académica muchas veces tuve que pedir ayuda a Niurka González -mi compañera-, para desentrañar aspectos estructurales. Su ayuda en todo momento me ha sido capital.

En total, estuve componiendo durante unos 11 meses. Sólo me detuve por las inevitables interrupciones fastidiosas -entre ellas subir a algunos aviones y trenes, aunque en cuanto llegaba a mi destino continuaba trabajando en una note book. En ese lapso emprendí cerca de 20 temas, pero algunos sólo serán bocetos para el futuro. Así que de pronto me vi con 14 piezas en la mano, 12 de las cuales lograron integrar Expedición. Las exclusiones fueron, sobre todo, por razones de tiempo: el disco que hoy les proponemos dura 51 minutos. 

No puedo terminar sin aludir agradecidamente a los músicos, artistas y técnicos, ya que todos se sumaron a este esfuerzo con entusiasmo. Aunque los créditos del disco son extensos, nunca llegan a estar todos los que se lo merecen. Si dudas esta también ha sido una expedición a la identidad y a la armonía entre un gran número de personas.

Por mi parte, desde que me hice expedicionario, la música de las esferas trajo un sortilegio desde lo profundo y lo infiltró. Pero quiero hacer ver algo más que un aletargado equilibrio cósmico, pretendo que hablen las singularidades. Como dicen la física y las matemáticas, en lo peculiar reside lo que nos salva del bostezo, en medio de la interacción de los imanes. En el vasto universo de la música ¿qué equivale a una estrella de neutrones? Tan sólo esta pregunta y ya dan deseos de emprender un nuevo viaje donde texturas, amalgamas y otras perspectivas conformen un entramado gravitatorio capaz de sujetar la luz. Por ahora tendré que conformarme con la agógica pronunciada de Expedición.

Sé que hay amigos que dicen que es mi mejor disco. Yo reconozco que he trabajado en él con la misma intensidad con que hacía canciones en la década de los 60, como si cada una fuera la última de mi existencia. Pero no creo que todavía alcance las voces que cantan mis deseos. Sólo les prometo que la próxima vez intentaré acercarme más.


Silvio Rodríguez Domínguez,
La Habana, 12 de mayo, 2002.


 

Publicado en El Caimán Barbudo, mayo-junio de 2002.