Las lluvias de Silvio Rodríguez
de abril del
Llegué tarde y ya estaba lloviendo. Eran gotas finas –un chinchín diría mi madre– de las que caen casi puestas en el rostro. La alquimia del polvo y el agua intrusa iba formando en el suelo el mítico fanguero que iba a recordar cada uno de nosotros al día siguiente observando los zapatos, pero nada de eso importaba: ya se escuchaba a Silvio.